Me encanta leer libros, profundizar mis investigaciones. Por eso todos los años decido tomar alguna formación con profesionales destacados.
Este año tuve la hermosa experiencia de ingresar a la formación BIOINMUNE que brinda el Dr. Federico Bois: Médico Especialista en Pediatría y Terapia Intensiva, autor del libro Tu dosis de libertad; y de los e-books Padres de hierro y Bioarquitectura del vínculo.
Recomiendo la formación Bioinmune plenamente. En ella el Dr. Bois te explica, te transmite con un lenguaje muy claro y amablemente cómo madura el sistema inmune y los factores que lo debilitan hoy, podés entender que los síntomas no son un error y el mapa de las enfermedades frecuentes, vas a comprender la relación entre nutrición, entorno y sistema nervioso, el impacto (que no se ve) del estrés familiar y escolar y la verdad oculta de las inmunizaciones. El lema del Dr. Bois se cumple en todo el programa: “comprender antes de decidir”.
Su Instagram es: dr_federico_bois y aquí podés ingresar a sus links de interés:
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Te comparto un cuento que escribí luego de haber finalizado la formación, donde se puede ver cómo el síntoma de un niño también es el reflejo de una respuesta paterna ante una situación de estrés, y cómo a veces los niños muestran lo que los adultos callan.
Juancito y los caramelos mágicos.
Juancito era un nene muy divertido y muy inteligente. Siempre tenía ideas geniales.
Iba al cole y estaba en primer grado. Tenía una maestra muy amorosa. A Juancito le encantaba su seño, la quería muchísimo. Pero, a veces, se enojaba con ella y se sentía muy triste porque lo retaba por cosas que él sentía que no había hecho.
Un día, por ejemplo, Marita estaba llorando. La maestra pensó que Juancito la había empujado y le preguntó:
—Juancito, ¿Qué hiciste?
Pero Juancito sintió que algo le apretaba la garganta. Se le hacía finita, angosta, y las palabras no podían salir.
Hablaba muy despacito y no lograba decir lo que sentía.
Habría querido explicarle: [—¡No! Yo no fui. Marita se cayó. Yo estaba jugando a la mancha, corrí fuerte hacia ella y ella perdió el equilibrio...]
Pero no pudo.
Las palabras se habían quedado atrapadas en su garganta.
Otro día, Juancito estaba ordenando las tacitas cuando Pedro pasó corriendo muy rápido junto a él y una tacita se cayó.
Como Juancito todavía tenía varias tacitas en las manos, la maestra creyó que había sido él.
—Juancito, ¿tiraste la tacita?
Él quiso responder: [—¡No! ¡Yo no la tiré!] Pero otra vez la voz le salió tan, tan suavecita que casi no se escuchó.
También había momentos en los que Juancito no entendía lo que le estaban pidiendo. A veces se distraía mirando por la ventana. Quizás veía pasar un duende... o un colibrí... y se quedaba imaginando adónde iría.

Entonces la maestra le preguntaba:
—Juancito, vamos a descubrir qué letra hay acá. ¿Es la...? ¿Qué letra hicimos recién cantando con los brazos y las piernas?
Pero Juancito no había escuchado. No sabía qué contestar.
Se ponía triste y tampoco sabía cómo explicarlo, porque nuevamente la voz se quedaba atrapada en su garganta y, cuando intentaba hablar, salía muy, muy bajita.
Una tarde, Juancito estaba en su casa cuando escuchó que su papá y su mamá conversaban. Su papá se llamaba Miguel y su mamá, Inés.
—Miguel, ¡mirá la voz que tenés! —le dijo Inés—. ¡Y estás tosiendo! ¿Qué te pasó? ¿Te pasó algo con tu jefe? ¿Te enojaste por algo y no se lo pudiste decir?
Miguel se rio. —¡Ja, ja, ja! ¡Sí, es verdad! Tenés razón. Hoy me enojé con mi jefe y no se lo pude decir. Mañana voy a hablar con él.

Al día siguiente, cuando Miguel volvió a casa, le dijo muy entusiasmado a Inés:
—¡Inés! ¿Sabés una cosa? ¡Hoy pude decirle a mi jefe lo que pensaba! Y tenías razón: la tos se me fue y ahora siento que mi voz sale mucho mejor.
Juancito había escuchado todo con muchísima atención.
Esa noche, después de cenar, cuando ya estaban por irse a dormir, le dijo a su mamá:
—Mamá, ¿sabés una cosa? A mí a veces me pasa como a papá. Cuando quiero decir algo, la voz se me queda muy suavecita en la garganta. A veces quiero decirle a la maestra que yo no hice algo, o quiero decir que me siento mal o que estoy triste... ¡pero la voz no me sale! Se queda acá, atrapada. Y después me siento mal porque no pude decir lo que sentía.
Inés lo miró con ternura.
—¡Yo tengo una idea para ayudarte! —le dijo—. Te voy a dar uno de mis caramelos mágicos de romero y miel.
Juancito abrió los ojos muy grandes.
—¿Caramelos mágicos?
—Sí. Te voy a dar uno mientras te leo un cuento de tus amigos los duendes del bosque. Vas a ver que mañana algo puede cambiar.
Y después agregó:
—¿Sabés por qué lo sé? Porque cuando yo era chiquita también me pasaba algo parecido. A veces mi papá me gritaba mucho o me retaba y a mí no me salía la voz, porque él no me dejaba responder. Sentía como si tuviera pequeñas espinitas en la garganta. Hasta que un día la abuela me dio uno de estos caramelos y me contó una historia.

—¿Qué historia? —preguntó Juancito.
—La historia de las palabras que no decimos y que, cuando se quedan demasiado tiempo guardadas, pueden transformarse en pequeñas espinitas en la garganta.
Juancito escuchó el cuento, comió su caramelo de romero y miel y, antes de cerrar los ojos, pensó: “Tal vez mañana pueda dejar salir mis palabras”.
Y llegó el día siguiente.
En el cole estaban corriendo, jugando a las bases. Juancito corrió con todas sus fuerzas y, sin querer, rozó a Manuelita. Ella perdió el equilibrio, cayó al piso y se puso a llorar.
Esta vez, Juancito sintió que su garganta quería hacerse angosta otra vez.
Pero recordó las espinitas.
Respiró profundo y dijo:
—¡Seño! Manuelita se cayó. Yo venía corriendo y la toqué sin querer.
—Ah, está bien —respondió la maestra—. Vamos a ayudarla y a ponerle un poquito de cremita de árnica.
Juancito se sorprendió. ¡Había podido decirlo!
Más tarde estaban ordenando las tacitas para tomar agua. Una de las tacitas se le cayó a Pedro, pero la seño creyó que había sido Juancito.
—Juancito, ¿se te cayó la tacita?
Esta vez él la miró y, con voz clara y segura, respondió:
—No, seño. La tacita se le cayó a Pedro. No se me cayó a mí.
¡Su voz había salido!
Firme.
Clara.
Sin quedarse atrapada.
Durante el resto del día, Juancito empezó a animarse a decir lo que pensaba y lo que sentía.
Si no entendía algo, preguntaba.
Si estaba triste, lo decía.
Si algo no había sucedido como los demás creían, lo explicaba.
Y descubrió algo maravilloso: su voz estaba ahí. Siempre había estado ahí.
Esa tarde, cuando volvió a casa, corrió hacia su mamá.
—¡Mamá, mamá! ¿Sabés una cosa? ¡Hoy pude decir todo lo que sentía! ¡Y mi voz no se quedó atrapada en la garganta! ¡Igual que le pasó a papá!
Inés sonrió y lo abrazó.
—¿Viste? Ahora descubriste algo muy importante. Podés aprender a decir lo que sentís. A veces quizás necesites respirar, pensar un poquito y juntar coraje... pero tu voz es tuya y siempre podés volver a encontrarla.
Juancito sonrió.
—Entonces, ¿las palabras ya no se van a convertir en espinitas?
—Si alguna vez sentís que una palabra empieza a quedarse atrapada —respondió su mamá—, podés acordarte de escucharla y buscar la manera de decirla.
Después le dio un abrazo gigante.
—Te quiero mucho, Juancito.
—Yo también te quiero, mamá.
Y desde aquella noche, cada vez que Juancito sentía que su garganta se hacía un poquito angosta, respiraba profundo y se preguntaba:
“¿Qué palabra necesita salir?”
Y entonces buscaba su voz.
Fin.
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